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Cosas de cruzados

diciembre 2013

© Samuel Jesús Salado

«Ὀμφὴ θεία παρακε λεύεταί με πᾶσι τοῖς ἐν Φραγγίᾳ κόμησι κηρῦξαι, ἅπαντας τῶν ἰδίων ἀπᾶραι καὶ εἰς προσκύνησιν τοῦ ἁγίου τάφου ἀπελθεῖν καὶ σπεῦσαι ὅλῃ χειρὶ καὶ γνώμῃ τῆς τῶν Ἀγαρη νῶν τὰ Ἱεροσόλυμα λυτρώσασθαι χειρός».1

Un grito (el parrafito que nos ilumina) estremecedor recorre algo parecido a la Europa que conocemos hoy, solo que con menos gente, mucho más repartida y con una mezcolanza de lenguas gobernadas (y laureadas) por el latín.

Un ruego llama a la puerta de nobles y plebeyos, monjes y obispos dan sus orejas a una súplica que estremece sus devociones, las sencillas almas de todos quedan conmovidas y sus corazones contritos. Al poco álzase otra voz más pausada, solemne, mayestática, en la cual resuenan los terribles ecos de la divinidad, y que arma a la primera con sus indulgencias, dispensas y bendiciones.

Un rumor se pasea por las bocas y plazas de la “emperatriz de las ciudades”, aquella que Constantino fundara cual Nueva Roma, causando cierta inquietud en los muelles, acongojando a ciudadanos y esclavos de tal manera que llega incluso a turbar la Púrpura (salón principal del palacio imperial). La augusta y la señora, (la mujer y la madre del emperador) y su cortejo marchan rápidamente a la “gran iglesia” para rogar a Dios por el bienestar de su pueblo. El emperador, de nombre Alejo, de la familia de los Comneno, y el primero de su nombre en las vastas tierras romanas orientales, legados los asuntos espirituales en las oraciones de las mujeres e incienso del patriarca, inicia los preparativos por si llegado el momento el rumor invade materialmente su imperio.

“Una voz divina me ordena anunciar a todos los condes de Francia que deben abandonar sin excepción sus hogares y partir para venerar el Santo Sepulcro, así como dedicar todas su fuerzas y pensamientos a rescatar Jerusalén del poder de los agarenos.”

Grito, ruego y súplica junto a su consecuencia; rumor, cobran vida: los latinos, (uno de los nombres con que se referían en oriente a los de occidente) han reunido un gran y variopinto ejército: caballeros, mujeres, una infinidad de tiernos infantes, e incluso príncipes avanzan para recuperar la Ciudad de la Paz, armados con sus espadas y con su fe. Semejante caterva está guiada por un tal Pedro, para algunos el Ermitaño, y para quien nos proporciona la visión constantinopolitana (Ana la hija de la Púrpura, o lo que es lo mismo, la primogénita de Alejo) el de la Cogulla, un pobre monje que en el camino de vuelta de su peregrinar al Santo Sepulcro, se llevó (como “souvenir”) una estupenda y maravillosa “somanta palos” con denominación de origen sarracena. Cosa, como se puede fácilmente adivinar, de poco gusto y por lo cual comenzó a gritar por toda Europa lo que Ana recogió en su obra, Alexíada, o algo similar, si obviamos la cuestión de la traducción.

El destartalado ejército de Pedro vino seguido de numerosos condes con sus mesnadas, que en solitario poco podrían haber hecho más que morir inútilmente, como le sucedió a los acompañantes del de la Cogulla, arrasados a las puertas de Nicea. Sin embargo, estos escucharon los consejos del emperador y consiguieron formar un contingente en el cual entre todos acordaban los movimientos y que fue capaz de avanzar hacia Jerusalén, seguidos a cierta distancia por las huestes imperiales que, como es compresible, poco o nada se fiaban de un malavenido y numeroso áscar de francos, celtas, normandos, y demás gente de mal vivir, armados hasta los dientes y sin nada mejor que hacer que recuperar terrenos para la verdadera fe.

Y mientras todos estuvieran conformes en que la verdadera es la cristiana, Alejo respiraba tranquilo, pero si alguno pensaba que lo era la católica en particular, se le podría pasar por la cabeza arrasar las tierras de la ortodoxa; es decir, el imperio de Comneno. Cosa, esto último, nada descabellada, pues entre los cruzados iban no pocos sacerdotes católicos escasitos de teología, que en lugar de estola vestían cota de malla sin llegar a ser imposible el verlas una sobre la otra. Algo que horrorizaba a los romanos (que es como se referían a sí mismos los súbditos de Alejo), pues para ellos los sacerdotes eran personas dedicadas exclusivamente al culto, dado su ser consagrado, algo que nosotros tardamos un poco más en comprender.

Así pues, el imperio constantinopolitano, si se me permite no usar el exclusivamente teórico término bizantino, pues ellos nunca se tuvieron por tales, ni si quiera conocerían muchos tal pasado de “la Ciudad” pues poco tenía que ver su capital con la población anterior a la translación de la sede del emperador desde la ribera del Tíber a la del Bósforo; pudo recuperar de manos del sultán numerosas ciudades y territorios gracias a los “bárbaros latinos” , sin tener ellos que gastar hombres y dineros en tales empresas… pero hubo de dejar que su país fuera arrasado (pues el paso de un ejército nunca es amable con los habitantes y los campos de una región) e importunado durante unas dos centurias, con largos intervalos de descanso, pero teniendo incluso que soportar el saqueo de su capital amén de obispados y reinos latinos en sus romanos y ortodoxos dominios.

Y esto ha llegado hasta nosotros por manos de una mujer, aunque pueda parecer increíble, dado el firme prejuicio machista insertado en las sociedades anteriores a la nuestra. Y no está escrito de cualquier manera, sino que Ana, haciendo acopio de su vastísima cultura, se preocupó de recoger en una obra las hazañas de su padre, buscando la imparcialidad y plasmando en ella de forma natural su visión del entorno en el que vivió y sus propios sentimientos, pues en no pocas ocasiones su pluma deja caer cierto pesimismo y tristeza, probablemente producidos por la augusta y ortodoxa “política” imperial que, aún siendo ella la primogénita, fue desplazada del trono por su hermano Juan II.

Ergo, por muchos filósofos, historiadores, arqueólogos y demás seres mitológicos de panzudas formas, barbas cantibicenias, níveas carnes y aquevedados anteojos que nos encontremos disertando sobre el fenómeno de las Cruzadas, siempre deberemos de acudir devotos a las manos de Ana Comneno para ser alimentados por su proverbial y ciclópea obra.

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1 “Una voz divina me ordena anunciar a todos los condes de Francia que deben abandonar sin excepción sus hogares y partir para venerar el Santo Sepulcro, así como dedicar todas su fuerzas y pensamientos a rescatar Jerusalén del poder de los agarenos.”

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Documento sin título 1 COMENTARIOS
Documento sin título Documento sin título KelUrbath 09/07/2017 10:32
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