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De cómo los hombres dominan a los hombres (II)

febrero 2013

© John Oliver

Los grandes problemas de convivencia aparecen a medida que las sociedades van evolucionando y alcanzan niveles de complejidad mayores. La regulación de dicha convivencia mediante un haz de normas va a rebufo de la propia evolución social, de manera que la solución a los problemas jamás será completa ni exacta, existiendo el inherente riesgo de truncar nuestra convivencia en fallida cada vez con más facilidad. Es por esto que cada vez resultará más complicado proyectar uniformemente un conjunto homogéneo de normas en las sociedades más evolucionadas. En efecto, las comunidades van germinando hasta convertirse en sociedades. Crece el número de miembros que las componen, aumenta la variedad de tareas que realizan y se incrementa la intensidad de relaciones con otras sociedades. Esto, indudablemente, desemboca en la aparición de numerosos conflictos que las normas de aquellas sociedades primitivas no estaban en absoluto concebidas para responder.

En estos momentos - piensen en las antiguas civilizaciones - sí podemos entender que existe una legitimación de las normas por parte de los miembros de la sociedad, aunque ésta siga encontrando su principal fundamento en la tradición más que en la razón. Ahora existe un fenómeno de coacción de las normas que antes no era perceptible por la creencia casi innata en el buen desempeño de la solidaridad orgánica en la comunidad. El individuo, pese a nacer en una sociedad más diversa, sigue ateniendo en primera instancia a las normas que dicta el núcleo familiar. La norma es cumplida por imitación de los parámetros de conducta del entorno familiar. Toda vez que el individuo acepta las normas al verlas cumplirse en su entorno, es conducido a legitimar las normas de rango colectivo que existen en la sociedad.

Pero volvamos a cómo se procura en estas sociedades de evolución media la eficacia de las normas. En primer lugar, ante la incapacidad de las normas pretéritas y de sus líderes escasamente legitimados, las sociedades segregan órganos de poder encargados de generar, aplicar y controlar la eficacia de las normas en la sociedad. Desde luego, la idea de separación de poderes está aún lejos de pergeñarse, siendo las instituciones erigidas como tradicionales las encargadas de ostentar el poder – monárquico o religioso- . El modelo básico para asegurar la eficaz aplicación de las normas era castigar con tremenda dureza el incumplimiento. Es decir, se buscaba desincentivar los comportamientos divergentes del patrón comunitario mediante la aplicación de castigos draconianos, apelando a un mecanismo de coacción normativo brusco y poco elaborado. Es lo que Michael Foucault llama en "Vigilar y castigar" el castigo espectáculo, consistente en la represión de la población mediante continuas ejecuciones públicas y torturas.

Sin embargo, en el seno de estas sociedades comienzan a florecer ideas y teorías que persiguen la sustitución del sistema de dominación impuesto en aquel momento por uno de mayor equilibrio y justicia, que contará con la Razón como deux ex maquina. En consecuencia, se pretende que las normas sean fruto de un proceso racional, que den respuesta certera a los problemas que cotidianamente se dan en la sociedad, sin tener que seguir recurriendo a lo que tradicionalmente se hace ya que, además de dar soluciones imprecisas, en tanto que la evolución social descabalga inevitablemente a la tradición, suscita permanentemente soluciones injustas para los miembros de la sociedad.

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