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De cómo los hombres dominan a los hombres

febrero 2013

© Omar Franco

No deja de resultar grotesco que uno de los mecanismos que con más complejidad vincula a los Hombres entre sí, acabe por ser sintetizado en teorías, a la sazón, reduccionistas. Sin embargo, el buen señor de Max Webber, gran sociólogo y peor persona, no sólo se atrevió a clasificar el modo en que nos gobernamos, sino que además lo hizo con un rotundo éxito. Y lo mejor de todo fue que sólo necesitó considerar tres conceptos diferentes de dominación: la tradición, el carisma y la razón a modo de normas.

Si nos remontásemos a los momentos más atávicos del Hombre, encontraríamos a pocos individuos viviendo en pequeñas comunidades. Es una imagen lejana e imprecisa, que habría de remitirnos a una comunidad donde la anarquía sólo pudo ser sustraída mediante la imposición de las costumbres que con mayor raigambre emergían en la comunidad, en un estado casi puro de dominación tradicional . En dichas comunidades, la tradición fue el único medio empleado para incardinar normas que regularan la convivencia entre los Hombres. El principio activo de la puesta en funcionamiento de la tradición era la conocida como solidaridad orgánica, donde los individuos cumplen con las normas de forma mecánica, fruto de un condicionamiento simple que ha sido estimulado por la repetición de ciertos comportamientos. Es, en definitiva, hacer lo que se ha hecho siempre. El perrito de Pavlov, sólo que un poco más old fashion . ¿Por qué? Porque así se ha hecho siempre. Tan básico como efectivo, tal que toda actuación que se escapase de la alineación impuesta por la tradición, era considerada como flagrante traición a la comunidad.

Las normas eran pocas pero eficaces. Su cumplimiento era el presupuesto esencial para el acceso y permanencia en la comunidad. A día de hoy, esta idea aún se encuentra vigente, pero los procesos que conducen al cumplimiento y, en consecuencia, a la eficacia de las normas en la sociedad, son de elevada complejidad. Así, nos encontramos ante un género de comunidad que niega y destierra la idea de racionalidad como clave de articulación del modelo comunitario.

En este sentido, apenas es observable una dominación carismática , ya que está ausente un rasgo irrenunciable de la misma: la legitimación. No podemos decir que los líderes de estas comunidades - los ancianos generalmente - tengan el perfil de líder legitimado por todos. El dominio que ejercen dimana del poder consagrado en la tradición per se, no en su figura como individuos singulares. Por tanto, la eficacia de las normas en estas sociedades es casi plena, ya que no es preciso recurrir a una sistematización de comportamientos pormenorizado para regular comunidades con aún tan poco desarrollo. Además, la aceptación de las normas es casi automática; el individuo no cuestiona la virtualidad de las normas, sólo las ve como una tarea más que debe realizarse dentro de la comunidad, igual que para alimentarse hay que cazar.

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