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Eire y la Felicísima

enero 2014

© Alba González Cantalapiedra

“Yo me escapé de la mar y destos enemigos por encomendarme muy de veras á Nuestro Señor y á la Virgen Santísima madre suya, con trecientos y tantos soldados que también se supieron guardar y venir nadando á tierra, con los cuales pasé harta desventura, desnudo, descalzo todo el invierno, pasado más de siete meses por montañas y bosques, entre salvajes, que lo son todos en aquellas partes de Irlanda donde nos perdimos…”

“Las verdes y húmedas praderas son barridas por fuertes vientos y por unas nada amistosas tormentas; la luz del sol es poco menos que un artículo del credo de los lugareños; el frío obliga a vivir pegados a una hoguera que por tal uso se ha llamado hogar… Pero ninguna de estas cosas es un problema, pues forman parte de la tradición de la misma forma que los Tautha Dé Dannan o Cristo y María. Aquí son lo mismo, el clima, el clan, la lengua, las costumbres y la fe. Solo que ahora la Reina, siguiendo las inclinaciones de su pérfido padre, quiere arrebatarnos nuestra fe, nuestros monasterios, nuestros religiosos, nuestras ermitas, santos y reliquias. Pero hay quien se opone, el Rey de España, el buen hijo de su Cesárea y Católica Majestad, el que fuera consorte de la pobre y difunta María… éste nos quiere católicos.”

Diario de abordo del galeón San Pedro:

Decimonoveno día desde que zarpamos del puerto de la Coruña: Hemos conseguido ayuntarnos a la flota. Sin ataques de los hideputa de Ingalaterra.

Vigésimo día desde que soltamos amarras en la Coruña: En estando yo, Francisco de Cuéllar descansando, uno de los pilotos nos adelantó unas dos millas por delante de la Capitana… He sido condenado a muerte. Hasta aquí Francisco de Cuéllar, sigue una mano distinta: Lo han llevado ante el Duque. Transportado al San Juan de Sicilia, donde el Auditor General…

Este que podría haber sido el diario de a bordo del galeón San Pedro, nos deja sin conocer que sucedió, si vencieron o no contra los ingleses y si ajusticiaron o no a Francisco de Cuéllar. La respuesta a lo primero es bien conocida, nos venció la meteorología, en cuanto a lo segundo, la contestación nos ha de requerir más tiempo. El Auditor General, que debía ser un buen hombre, Martín de Aranda, vio que era poco razonable la causa contra Cuéllar y decidió no ahorcarlo hasta que no le llegase la orden por escrito, lo cual no sucedió. Pero no fue tan sencillo el final.

Pues la Grande y Felicísima Armada para poder regresar a España tras el fallido intento de invadir Inglaterra, no podía, como es lógico, usar del canal de la Mancha, con lo que hubo de rodear a la pérfida Albión por el norte: por Escocia y después por Irlanda. Pero, como en toda la travesía, el tiempo, como si fuera nacido del corazón del mismo Hampton Court, no dejó de hostigar la navegación de los españoles, pues muchas fueron las naves que se perdieron a cuenta del temporal. Una de estas naves fue el galeón San Juan de Sicilia, donde permanecía Cuéllar, que fue a naufragar en las costas irlandesas.

Así unos pocos soldados de los naufragados arribaron a las costas de Eire creyendo su vida a salvo, pero saltaron del fuego para caer en las brasas, pues los, según Cuéllar (que es uno de los supervivientes y el que escribió la carta a su Majestad, de la cual hemos recogido un fragmento), salvajes del lugar, y suponemos que se está refiriendo a los irlandeses, se dedicaron a saquear los restos de los buques naufragados y, a los propios supervivientes dejándolos en cueros vivos.

Pero los salvajes no fueron el mayor de sus problemas, pues la noticia corrió hasta la guarnición más cercana y rápidamente los ingleses vinieron a terminar la tarea iniciada por el temporal. Algunos como Cuéllar consiguieron escabullirse entre los bosque sin más abrigo que unas hojas de helecho, que como flora es magnífico pero como abrigo no es precisamente un “polar”. En su peregrinar se encontró con lugareños amables y otros que quisieron matarlo, hasta que llegó a las tierras del “señor de Ruerge” (O’Ruerke), en las que fueron bien tratados, por la esposa del señor.

Después él, junto con ocho españoles más, marcharon siempre con la intención de embarcar para Escocia dado que se decía que aquel rey ponía barcos a la disposición de los españoles para volver a su tierra, y llegaron al castillo de “Manglana” (MacClancy), de cristiano señor. Allí hicieron frente a las tropas enviadas para matarlos, cosa que no pudieron hacer, prestando un gran servicio al señor de Manglana en la defensa de su castillo.

Tras estos lances, supieron de un obispo católico que andaba recogiendo y auxiliando españoles y partieron en su busca. Cuenta Cuéllar como lloró a borbotones al besar reverentemente el anillo del obispo, pues era la religión la que finalmente lo salvaba. Su gran alegría durante el “viaje” era el escuchar misa, esto solo en los castillos.

“… Los españoles han mandado una gran flota contra la Reina, Señor ayúdalos en esta tarea, Tú, Señor de los ejércitos, socórrelos… Los ingleses han vencido, los españoles vuelven a su patria… Han naufragado en nuestras costas, si quedan algunos vivos nos pueden ayudar en la lucha, son soldados de los tercios… Gracias Señor”.

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Documento sin título 1 COMENTARIOS
Documento sin título Documento sin título MiguEpichoff 31/10/2017 00:49
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