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El castigo mecánico

abril 2013

© María Gómez Tirado

Cualquier sistema penal, al concebirse, se enfrenta a un gran enigma desde el comienzo: la psicología del delincuente. Se trata de un acertijo que no encuentra solución concreta y que sólo nos permite hacer conjeturas, tan inexactas como simplistas. Quizás sepan que cada delito, el enjuiciarse, se valora tanto desde la vertiente interna o psicológica del autor como desde el resultado que acaba por materializarse exteriormente. Esta última cuestión está sujeta al tenor de los hechos acaecidos que, más allá de la dificultad que pueda revestir al eventualmente probarlos, no debe presentar una rémora insalvable en su solución teórica.

Pero lo que sí nos pone en verdadero jaque es la faceta indemostrable del autor, encarnada en aquellas inciertas maquinaciones mentales que jamás nadie podrá conocer. ¿Cómo se puede abordar este aspecto del delincuente?

Mirémoslo desde un punto de vista práctico. Seguramente conocerán multitud de delitos en los que el autor, sin perjuicio de ser culpable de un comportamiento carente de la menor diligencia, incurre en la comisión de delitos casi sin albergar intención alguna de perpetrarlos . Lo curioso es que, si el resultado del delito es tan atroz como para despertar el lado más prejuicioso de la comunidad, una gran mayoría de nosotros pensará que, a pesar de todo, el tipo es un delincuente de tomo y lomo y, por ello, debe pagarlo con gravosas consecuencias. El guardagujas de la estación de trenes que llega ebrio y se duerme en el trabajo. Pues sí, acaba pagando por su comportamiento.

Pero, ¿se han parado a pensar en la posible existencia de multitud de individuos en los que anida el deseo de delinquir y, sin embargo, aún no lo han hecho? Si quieren mi opinión, puede llegar a ser más aterrador el sociópata que aún no estalló que alguno de esos delincuentes que, en ocasiones, no son más que patanes sin sentido común.

En esta línea, esta suerte de calamitoso delincuente no debe representar un fracaso de la filosofía penal aplicada a una sociedad, pues el autor no cobija desvalor alguno por el derecho la vida o la integridad sexual de los demás, sino simplemente se trata de alguien que quizás desprecia su trabajo o su miserable existencia.

El auténtico fracaso viene patrocinado por todo aquel que no cree en el sistema de normas, incluso en el caso de no delinquir. No hablo de desconfianza ni de discrepancia, sentimientos tan inevitables como críticamente constructivos. Pienso en el trabajador alienado que no dudaría en acabar con la vida de su jefe, que incluso ha ideado a sangre fría un fantasioso plan donde sacia sus más oscuras voluntades y que no lo ejecuta porque, simplemente, sabe que acabará en la cárcel. Cuando el miedo a la consecuencia y el atenazar del castigo personal son el motor que hace cumplir nuestras normas, algo definitivamente ha fallado.

Siendo prácticos, es obvio que todo converge en un singular problema de educación y aprehensión de valores elementales, de respeto por el prójimo y consideración por la comunidad. También podríamos dejarnos seducir por el fenómeno Naranja mecánica y someternos a diversos condicionamientos mentales que anulasen nuestra voluntad ante determinadas decisiones. Lo realmente duro es saber que quizás lo segundo, a día de hoy, sea más fácil que lo primero.

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Documento sin título 1 COMENTARIOS
Documento sin título Documento sin título Iatromantis 04/03/2014 21:39
Leer artículo de Fernando Savater: "Otra asignatura pendiente"
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