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El hombre del hoy

marzo 2014

© Judit Guillamón

Cuando llegue a casa te voy a comer entero.

A la imaginación del lector queda la casualidad de que el taxista pudiera siquiera intuir, en ese primer momento declarativo, el contenido de los mensajes de texto que su cliente mantenía con su amante.

No si antes te devoro yo. Era la respuesta que motivaba la carrera de importe extremadamente nimio para el banquete en el que pensaba inmiscuirse a la llegada a su destino.

Siendo improcedente e inmoral recoger el contenido de tono ascendente de la conversación que mantenían los dos hombres, sí se puede decir que la cabina del taxi comenzaba a impregnarse de un aroma espeso y empalagoso, como el de un perfume demasiado afrutado. Cuando alcanzaron la dirección acordada el pago se efectuó en forma de entendimiento. La erección que el taxista transportaría en adelante sería fruto de un error, pero las fluctuaciones químicas del ambiente le ofrecieron un feliz encontronazo con la provocación femenina que precisó del próximo servicio de su trabajo.

Los teléfonos móviles se desalinizaban sobre la mesita del recibidor mientras sus poseedores cambiaban de rol, pasando a ser dueños de otras manos. Textura de yogur en la piel; sabor metálico en la saliva. Mareas de ropa adheridas al suelo, sin intención de ser movilizadas por huracán alguno. La cama chorrea luz y los dos cuerpos se aprietan entre hormonas y vellos en combate por una victoria húmeda.

Los dos hombres, despojados de la máscara reprobatoria, anclados a la definición de los músculos y órganos, se entrelazan en torno a sus naturalezas como una banda de Moebius, iniciando el ritual que se declararon textualmente.

Comienzan a succionarse rítmicamente hasta perforar con un sonido gutural el jugo de la pasión. Tragan, ambos a una vez, y la carne baja hasta las células de sus ombligos. Muerden, mastican, engullen; a menudo el dolor es confundido con el gozo, pero basta tener hambre de espíritu para querer comer.

Una nalga, un hueso bien roído, un pie que escapaba: todo el cuerpo a merced de la mordedura del contrario, tan acosado como el que lo va poco a poco mutilando para que forme parte de su medio cuerpo. Como dos reptiles que se tragan mutuamente, reptando por el suelo con el pecho desgarrado por unos dientes que se abren paso hacia el cuello, completando la metamorfosis y cerrando la circularidad del convite nupcial en un punto menguante.

Ya apenas queda mandíbula contra mandíbula, apenas una digestión mal apurada y la desaparición de contrarios que se supera. Un solo cuerpo que se yergue sobre la calamidad, con otro hombre interiorizado. Dos veces más fuerte. Dos veces más inteligente, más pícaro y masculino. Dos veces más rápido y también más arrogante. Dos veces más vulnerable y dos veces más malvado. Con el doble de posibilidades de ser más evolucionado, pero también más estúpido.

Al salir a la calle, completo y nuevo, la calle le teme.

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