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El velo de la ignorancia

abril 2013

Se dice que nadie es tan genuino y fiel a sí mismo como cuando es sólo un niño. Los niños son resolutivos, ajenos a cualquier atadura, leales a sus instintos y no creen en casi nada. Esa inquietud a veces caústica les hace ver el mundo de un modo deliciosamente original. Dudan de todo y quieren saber el por qué de casi cualquiera de esas cosas que los adultos ya aceptamos por establecidas.

Comoquiera que sufrimos el tempus fugit y no podemos volver a nuestra niñez, considero un excelente ejercicio el proceder ocasionalmente como un niño, fiscalizando todo lo que una vez acepté como establecido sólo porque sí. El problema es que casi nunca acuden a mi mente dudas tan geniales a como abundan en la de un crío. Por eso sólo alcancé a pensar en los impuestos.

Cuando comencé a pensar en ellos, mientras abandonaba absurdas reflexiones de excusado sobre lo divino y lo humano, me pareció evidente que es necesario exigir una colaboración colectiva para sostener lo que es común y no apropiable por nadie. De una forma generalizada, la genta acepta un modelo en el que contribuye más el que más atesora, beneficiando así al que menos posee, quien habrá de aportar con menor intensidad. Se trata de distribuir las cargas en la búsqueda de una convivencia armónica en sociedad. Esto se acepta mayoritariamente como lo ideal, sin perjuicio de quien piense que los ricachones deben colaborar aún más y de que estos a su vez se sientan un poco vampirizados. Son sólo matices de unas reglas que todos convenimos como razonablemente justas.

Como todo gran modelo social, la razón de ser de los impuestos encuentra una fundamentación filosófica en el llamado velo de la ignorancia, teoría acuñada por John Rawls a mediados del siglo pasado. Según el filósofo americano, para organizar una comunidad de forma justa, sus individuos deben volver a lo que llamó la posición original, esto es, una suerte de estado natural rousseauniano. Una vez allí, estarían habilitados para discernir qué es justo y cooperar. Sin embargo, Rawls creía que los individuos inevitablemente tendrán posiciones desiguales, algunos incentivados a perpetuarlas por ser fuertes y otros seducidos a no colaborar por sentirse el eslabón débil. Por eso es preciso que sobre los ojos de los individuos caiga el velo de la ignorancia, de modo que se lograrán acuerdos óptimos corrigiendo su posición natural.

En otras palabras. El rico querrá pagar menos pues piensa no necesitar a la colectividad dada su posición dominante y el pobre requerirá al poderoso para que compense a todos por nadar en la abundancia. La esencia de la teoría reside en que si ninguno supiese qué papel le ha tocado jugar, todos querrán vivir en igualdad y colaborar sin cortapisas. Por tanto, los impuestos instrumentalizan en la práctica el elemento teórico que encierra el velo de la ignorancia.

Como digo, todo parece tener sentido hasta que cae en las manos de un niño. Supongo que un niño se preguntaría que si casi todo el Dinero se concentra en pocas manos, ¿por qué no pagan impuestos sólo esos pocos para crear un mundo más justo? Sería bastante sencillo determinar quién debe pagar y quién no. Aparte de ser la solución más equitativa, claro.

Igualmente, si supiese que casi todo ese dinero común va destinado a la educación y la sanidad pública, podría preguntarse que por qué alguien que no hace uso de la educación ni la sanidad pública debe pagar tan siquiera un euro. En buena lógica, nadie paga por lo que no usa. Además, pagar veinte veces más no significa que el agua corriente llegue veinte veces más a tu casa o que los bomberos lleguen veinte veces más rápido si hay fuego.

No sé qué pensarán, pero es una auténtica lástima que cada vez haya menos niños…

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