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Guía magistral para el futuro

enero 2014

© Alejandra Quiceno

“El hombre es, por naturaleza, civil y social, sólo con la comunicación, de unos a otros, de la doctrina y de la experiencia, a través de la palabra, pueden los hombres lograr su perfeccionamiento como tales”


Si saliésemos a la calle y preguntásemos a una persona de cultura media cuándo se habló por primera vez de la Organización de Naciones Unidas, tal vez escucharíamos un disparate. Si, lejos de desanimarnos, seguimos buscando, es posible que alguien nos hable de la II Guerra Mundial, del horror del Holocausto y de la necesidad de que los conflictos internacionales se solucionen por vía diplomática. Pocas personas, incluidos los ilustres lectores de esta publicación, sabrán que ya Francisco de Vitoria, en el s. XVI, habló de la Comunidad Mundial de Naciones, a la que le correspondía la verdadera autoridad y única sede legítima del poder.

Dicha comunidad, analizada según el cuadrado etiológico, tendría su causa eficiente, nos dice Vitoria (teólogo además de jurista) en Dios. De él proceden todos los derechos y deberes de las sociedades y de sus individuos. Ahora bien, con esto Vitoria no quiere justificar ningún tipo de orden abusivo. Lejos de ser una imposición por gracia divina, la Comunidad de Naciones se basa en el común consentimiento. Este consentimiento constituye, para Vitoria, la causa inmediata de la autoridad.

Si la causa eficiente de la Comunidad es Dios, la material la forman los hombres y mujeres, sujetos de todas las relaciones internacionales. La causa final de esta sociedad sería, no puede ser de otra manera, el bien común, es decir, “la conservación de un orden justo y el feliz estado del mismo”.

La causa formal de esta sociedad la constituye, nos dice Vitoria, la autoridad instituida, basada en el común consentimiento y dirigida a mantener un orden justo. Dicha autoridad tiene para Francisco dos aspectos fundamentales: por un lado, su existencia es natural, es decir, se basa en la naturaleza humana que, al necesitar y buscar la asociación con otras personas, constituye un orden jerárquico en la sociedad; por otro lado, esta autoridad debe concretarse en órganos particulares y democráticos. Sin embargo, se trata éste de uno de los puntos más oscuros del pensamiento del catedrático salmantino. Nunca llegó a concretar cuáles serían estas instituciones.

Vitoria, una vez desarrollada su (recalco el “su” porque en esta época, y en la inmediatamente anterior, ya hay autores que utilizan este mismo concepto) Sociedad de Naciones, al que está muy ligado el concepto de autoridad, reflexiona en torno al origen y a la naturaleza del poder. Lo hace en sus obras Sobre el Poder Civil y Sobre el Poder de la Iglesia.

Francisco sostiene que el poder es siempre una participación de la perfección que existe en Dios. Ahora bien, de esto no debe concluirse nada sobre las personas e instituciones que encarnan dicho poder o sobre quiénes y cómo lo organizan. No hay, por ello, que divinizar ni justificar a quien ostenta el poder. La autoridad, toda autoridad, nos dice Vitoria, tiene como finalidad el recto discurrir de la convivencia. La causa mediata del poder, por tanto, es la naturaleza humana en tanto que tiene necesidad de autoridad.

La sociedad civil es, para Francisco, una consecuencia de la naturaleza humana y no el fruto de ningún pacto (respondiendo así con casi tres siglos de antelación a los contractualistas). Todo poder, por tanto, pese a tener su origen en Dios, es fruto de la comunidad humana y será tanto más eficaz cuanto más cerca esté del bien común.

Esta mediatez humana del poder le sirve a Vitoria para establecer sus límites: el poder, nos dice el pensador burgalés, queda limitado por los derechos de los ciudadanos, el comportamiento de la autoridad y los límites que le imponga el código axiológico.

Junto a la Sociedad de Naciones, la otra gran “creación” de Francisco de Vitoria es el Derecho Internacional. Para empezar, Vitoria abandona la idea de tomar el Derecho Internacional como un derecho positivo y apuesta por ligarlo al Derecho Natural (acabando así con la tradición medieval). Este Derecho, que es aplicable a todos los hombres en todas las circunstancias, tiene, además, un doble aspecto positivo: está constituido por un cuerpo legislativo (aún en estado embrionario); además, requiere una aceptación e interiorización en las costumbres internacionales.

El Derecho Internacional diseñado por Vitoria defiende una serie de derechos fundamentales que hoy nos parecen obvios pero que en su tiempo eran toda una conquista. Vitoria defiende: la libertad política e igualdad jurídica de todas las personas (pensemos que nos encontramos en la época de los imperios, la venta de esclavos, el debate en torno a la libertad y soberanía de los indios…); la inviolabilidad de embajadas y tratados (pacta sunt servanda); el derecho de intervención, tutela y mutua interdependencia (tal vez el aspecto más criticado de su pensamiento), Vitoria sostiene que una nación puede tutelar a otra para evitar que caiga en la pobreza o la violencia; la libre comunicación; y, finalmente, el libre comercio (convirtiéndose en uno de los precursores del liberalismo).

Concluyo este artículo con un párrafo de Francisco de Arcaya y Compudo, el más ilustre jurista de nuestra tradición, de su obra De la Potestad Civil que resume de manera magistral todo lo dicho hasta el momento…

“Si todos fueran iguales y ninguno estuviera sujeto al poder, tendiendo cada uno, por su privado parecer, a cosas diversas, necesariamente se desharían los negocios públicos; y la ciudad se disolvería si no hubiera alguno que proveyese, cuidase de la comunidad y mirase por los intereses de todos. Todo reino dividido entre sí quedará desolado; y donde no hay gobernantes, se disipará el pueblo, como dice el Sabio”.

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Documento sin título 1 COMENTARIOS
Documento sin título Documento sin título myy 19/06/2017 13:48
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