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Jamás bien

febrero 2014

© Vincent Larkin

Nacho Jacob está considerado el mejor relaciones públicas de su generación y es uno de los asesores españoles de imagen y comunicación más reputados. Nacho Jacob considera, a su vez, que vivir un siglo –esto es: cien años- es un objetivo que todos deberíamos perseguir. No contento con iluminar el camino, Nacho Jacob también nos dice cómo recorrerlo: hay que levantarse siempre muy temprano y con una gran sonrisa pintada en el rostro.

Nacho Jacob es, en definitiva, un optimista.

El autor de este texto, por el contrario, no está considerado el mejor relaciones públicas de su generación porque cualquier tanatorio ha rebasado por la izquierda el clima festivo que encierran sus Nocheviejas. El autor de este texto considera, a su vez, que vivir un siglo –esto es: 36.525 días- es un objetivo que todos deberíamos tratar de evitar a toda costa. Y no contento con llenar el camino de sombras, al autor de este texto también le gustaría señalar que levantarse temprano como norma en la vida es una imposición moral procedente del calvinismo que hay que combatir a muerte. En cuanto a la gran sonrisa, prefiere ahorrarse los comentarios.

El autor de este texto es, en resumen, un pesimista.

Si utilizamos el número de seguidores en Twitter como una buena estadística a la hora de valorar qué prefiere la gente, y contando con que Nacho Jacob tiene 92.400 frente a los 235 (y bajando) que tiene el autor de este texto, podemos concluir sin temor a equivocarnos que nuestra sociedad prefiere levantarse con el sol durante los 36.525 días que tiene un siglo antes que escuchar a Yosi, de Los Suaves, mientras se da al whisky. El autor de este texto comprende y respeta, porque dice ser un liberal y no le gustan los yugos, pero no puede compartir.

El escepticismo, al que se llega gracias a la reflexión en torno a las experiencias vitales de cada uno, es ciertamente incómodo. Y es ciertamente incómodo porque no permite el acomodo. Un escéptico jamás afirmará estar bien porque no cree en ello; sus opciones anímicas se encuentran entre el mal y el mejor que mal. Y esto, claro, echa por tierra toda esa pantomima de la psicología positiva que defendía, por ejemplo, el famoso programa de los nueve pasos gratamente ridiculizado en Pequeña Miss Sunshine. “En el interior de cada uno hay un ganador escondido a la espera de comerse todo el mundo”, asegura Richard Hoover, que desempeña uno de los oficios más peligrosos para la raza humana: el de motivador profesional. A esta gentuza sólo hay que invitarla a realizar la prueba del optimista convencido dándole la vuelta para que trate de otear, cuando la vida parece que sonríe a más no poder, el horizonte. Afortunadamente, Hoover vive rodeado de Ilustración –su cuñado es un estudioso de Marcel Proust que ha intentado suicidarse, su hijo es un fanático de Nietzsche lleno de odio que lleva nueve meses sin pronunciar palabra, su padre fue expulsado de la residencia de ancianos por traficar con heroína y el coche familiar es una Volkswagen Combi-, así que termina por asumir que morder el polvo es el estado natural del hombre. Pero ante todo aquel que no sea capaz de ver las piedras en el camino y persevere en su negación del fracaso es clínicamente recomendable solicitar una orden de alejamiento.

Siempre habrá algún avispado que no obstante plante cara alegando que sus experiencias vitales han sido, en conjunto, positivas. Ante semejante tesitura el autor de este texto puede hacer dos cosas: dudar o creer. Dudar es coherente con la tesis aquí presentada pero, por aquello de no considerarse ningún talibán, optará (sin que pretenda servir de precedente) por la credulidad. Aceptemos por tanto que hay personas lo suficientemente inconscientes, gracias a sus experiencias vitales, como para considerarse optimistas con fundamento. Vayamos pues a las experiencias generales.

París, año 1900. La capital francesa aloja la aclamada Exposición Universal, una celebración de las glorias que durante el pasado ha alcanzado Europa pero, al mismo tiempo, un mensaje destinado al mundo: las guerras han quedado atrás y el futuro pertenece al progreso, la prosperidad y la paz. El Viejo Continente llevaba, por aquel entonces, varias décadas sin saborear la sangre y experimentando avances significativos en los planos económico y social. La producción agrícola e industrial no hacía más que crecer, la alimentación lograba ser cada vez de mejor calidad (y más barata), los avances de la medicina estaban siendo espectaculares y el auge de la educación universal llegaba hasta los Urales. Todos esos logros unidos al desarrollo de las comunicaciones hacían soñar, tal y como relata el escritor Stefan Zweig en sus memorias, con un horizonte dulce y luminoso. No hace falta extenderse demasiado en relatar lo que sucedió durante las décadas siguientes, así que resumiendo: sumando la Gran Guerra de 1914, la Segunda Guerra Mundial, la guerra civil rusa y la última entre españoles se puede hablar de unos 90 millones de muertos sólo en la primera mitad del siglo XX.

España, año 2006. Los precios de la vivienda llevan un lustro subiendo y el metro cuadrado se acerca peligrosamente a los 3.000 euros. Si a alguien se le ocurre preguntar por su evolución en el futuro, la gran mayoría de respuestas abogará por la inversión inmediata. Durante aquel período era una creencia bien consolidada pensar que el suelo sólo podía seguir incrementando su propio precio hasta el infinito y más allá. Así que tonto el último. Sin embargo, un año más tarde pinchó la burbuja inmobiliaria estadounidense y doce meses después el eco de aquel desastre financiero ya había cruzado el Atlántico. En la actualidad el metro cuadrado se aproxima, en las capitales de provincia, a los 2.000 euros y los expertos del sector vaticinan que al ajuste de precio todavía le queda un buen recorrido por delante.

Son sólo dos ejemplos que no exigen la participación de nadie; están ahí puestos con la función de espantar a pájaros como Nacho Jacob, aunque sin demasiado éxito por el momento. Pero oigan, cabe la posibilidad de que el perfil que tiene en Twitter el mejor relaciones públicas de su generación sea una parodia. Claro que pensar -¡y sostener!- eso convertiría al autor de este texto en un pobre optimista.

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Documento sin título 4 COMENTARIOS
Documento sin título Documento sin título Julia López Arenas 10/02/2014 16:56
Sencillamente delicioso. Se mire por donde se mire su escrito es extraordinario. Me ha alegrado la tarde; lo que no deja de resultar extraño si al escrito nos ceñimos. Será cosa de las rendijas, que campan por doquier.
Documento sin título Borja 10/02/2014 21:29
Cómo no alegrarme de su alegría, querido Julià. Un abrazo y hasta el siguiente, si nos dejan.
Documento sin título Juliá López Arenas 10/02/2014 22:54
Nos dejarán; vive Dios que nos dejarán. ¡No han de dejarnos! Hasta entonces, pues, Borja. Mis respetos.
Documento sin título JustUNELTY 24/12/2017 11:45
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