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Pequeña reflexión estética

febrero 2014

© Manuel Prendes

No pocas veces encontramos en los lugares más fútiles una inspiración secreta que nos avisa de algo extraordinario. Por lo general no somos nosotros, es el susurro de las cosas que nos acecha, es la mirada que se nos obnubila en un rostro bello, es el reflejo de un rayo de luz irisando la hierba, es la agonía de un tarde melancólica de lluvia en unos ojos vidriosos. Tal vez se trate de la nostalgia del mundo que quiere que nos dediquemos, en un súbito momento del día, a ese delicioso ejercicio que es pensarlo, y así nos interpela con sus delicadas armas de seducción a que prestemos atención a sus aristas, a sus recovecos.

En cualquier sitio, en un muro o en una pared, encontramos escrita una oración singular: “La pintura es poesía muda, la poesía pintura ciega”. Lo primero que al encontrarnos frente a esta sentencia sentimos es un poquito de pena: la lástima de que pintura y poesía estén mutiladas. Si con sus defectos congénitos de ceguera y mudez respectivas son artes de tamaña importancia, qué cosas excelsas podrían ser si no fueran minusválidas, a qué punto llegaría su magnificencia. He de decir, sin embargo, que esta frase me impresionó cuando me tropecé con ella escrita en el muro de un colegio. Además, la presentación- también hay que decirlo- imponía; estaba acompañada por un graffiti, el cual le daba ese toque postmoderno y kitsch que parece necesitar toda cosa para crear expectación en nuestra época. La frase nos invita a preguntarnos sobre las relaciones entre esas dos artes y, en última instancia, nos hace reflexionar sobre qué cosa sea el arte realmente. Nos habla de semejanza entre poesía y pintura, la una hace con imágenes lo que la otra con palabras ¿Acaso no se nos había ocurrido antes que pintura y poesía intentan, de alguna manera, hacer lo mismo pero con medios diferentes?

La pintura y la poesía son órganos diferenciados de un mismo cuerpo que es el arte, y ambos intentan –como todo arte- arañar la costra de las cosas, su superficie, y desvelarnos aquello que éstas esconden. Las botas de campesino de Van Gohn son sólo unas botas, o mejor, son botas sólo superficialmente; en su latencia se esconde su mundo, podríamos decir, su ser. El Quijote no es únicamente la historia de un loco, ahí yace como una pura fosforescencia, como una llama viva, un universal de lo humano: la voluntad inquebrantable de ser uno mismo. Ambas, poesía y pintura, buscan lo mismo por diferentes medios y son como diferentes tentáculos de un mismo ser que se estiran y atrapan –cada una a su manera- las gémulas ignotas de las cosas. Si la función del arte es ponernos en contacto con ese volcán que es el corazón furibundo del mundo, con el magma incandescente de su ser, entonces la afirmación no podría ser más correcta. La poesía hace lo mismo que la pintura, sus diferencias serían puramente formales, pero el impulso originario de ambas es idéntico. Tanto poesía como pintura intentan traernos las cosas en su plenitud, ponernos las cosas a la mano para que palpemos su ser; en fin, nos traen las cosas con esa imantación hermenéutica que es cada una grabada en la frente.

Así pues, no es que pintura y poesía tengan una oquedad crónica dentro de sí mismas, sino que su función es de tal forma tan idéntica que la una podría reducirse a la otra; esa semejanza, por tanto, no les viene de un defecto, sino de un exceso, de una pletórica constitución, de un rebosamiento de capacidades: lo que es la pintura quiere entrar dentro de la poesía y viceversa. En rigor, la afirmación no podría ser más lúcida. Se trata de uno de esos efluvios de sabiduría que nos envían las arterias vibrantes de las cosas. Y esta vez nos ha enseñado a atisbar en cada una de las artes un mismo afán, una misma voluntad germinal. No se quiere decir que ambas artes sean intercambiables, sino únicamente que tienen una misma vocación. Si las artes fueran intercambiables, por pura economía vital, no habría muchas, sino sólo una. La existencia de diversas artes nos demuestra que todas son necesarias. Pero esto no niega que todas vengan de una misma raíz común, y esa misma raíz es a la que se alude con esa frase. Las artes, por tanto, se diferencian, pero forman unidas la eucaristía estética del sempiterno erotismo por las cosas.

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