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Talión o la violencia encadenada

febrero 2014

© Alejandra Quiceno

“La naturaleza ha hecho a los hombres tan iguales en las facultades del cuerpo y de la inteligencia que, a pesar de que pueda encontrarse que un hombre es manifiestamente más fuerte de cuerpo o más rápido de inteligencia que otro, sin embargo, una vez que ha sido tomado en consideración todo esto, la diferencia entre hombre y hombre no es tan considerable como para que uno pueda pretender para sí con base en ello cualquier beneficio al cual el otro no pueda aspirar igual que él”


Thomas Hobbes.


Querido y muy estimado amigo:

Dos, permíteme este inicio abrupto, son los acontecimientos que me han centrado y definido el objeto de este escrito. El primero, de origen televisivo, fue una tertulia, porque me niego a llamar debate (por la falta de concreción, rigor y seriedad) a los duólogos de los que ahora abundan todas las cadenas, en la que uno de los “tertulianos” (mal llamado experto por el presentador, guión, “moderador”) afirmaba que, tal y como está hoy día la justicia, lo único que le quedaba al ciudadano de a pie era tomarse la justicia por su mano. Y lo decía así, tan tranquilo, con la fuerza argumentativa que da esa expresión tan coloquial y castellana de afirmar que las cosas son así “porque sí y punto”.

El segundo acontecimiento es de naturaleza dialógica, concretamente una profunda conversación mantenida con un grupo de estudiantes de Derecho. Algunos de ellos afirmaban, con gran seguridad y pasión, que la venganza debía ser ejercida por el sujeto afectado según su cuenta y riesgo y en atención a su divino entender.

Comprenderás, querido y muy estimado amigo, que estos días le haya estado dando vueltas a ese estado de naturaleza salvaje, caótico y violento que nos pintó el bueno de Thomas Hobbes. En efecto, y esto no requiere de mucho argumento para ser demostrado, la violencia forma parte estructural del ser humano y, por esto mismo, pugna por salir y manifestarse a cada oportunidad. Es por esto, tal vez, que el filósofo anglosajón llegó a la conclusión de que si admitimos la igualdad radical de todos los seres humanos, tendríamos que llegar a la conclusión de que dicho estado de igualdad sería ciertamente bastante desastroso.

Y es que, y de esto no me cabe duda, dejados a nuestro propio parecer, comenzaríamos a tomarnos la justicia por nuestra mano. Y no hay expresión más peligrosa que ésta.

Tomarse la justicia por la propia mano es una forma elegante de afirmar que uno quiere estar legitimado para llevar a cabo su propia idea de venganza. Y esto nos conduciría, querido y muy estimado amigo, a una especie de estado que he venido en llamar pre-talionario por ser anterior, incluso, a la conocida como Ley del Talión.

En efecto, antes de que el nunca suficientemente alabado intelecto humano dictase esta ley, cada uno podía ejercer la venganza según le viniera en gana. Si, por ejemplo, algún vecino envidioso quemaba tu cosecha, quedabas legitimado para, digamos, poder matar a sus hijos, violar a su mujer y pegarle una paliza. Porque, no nos engañemos, la justicia que uno se toma por su mano es siempre desproporcionada al daño recibido.

Y es precisamente por esto por lo que la Ley del Talión vino a constituir un salto evolutivo espectacular en el proceso de racionalización de la violencia y la venganza. La Ley del Talión establece una venganza razonable y proporcionada al daño recibido. Aún así, fragmenta el uso de la fuerza y el recurso a la violencia entre todos los habitantes de un territorio.

Tendremos que esperar un poco más para que, entre ensayo y error, aparezcan la gran racionalización de la violencia y de la fuerza: el Derecho. El Derecho no es sino el intento, una y otra vez, de evitar que todo el mundo se tome la justicia por su mano. Es la construcción racional que permite establecer un único titular de la fuerza y, así, deja el monopolio de la violencia en una sola mano. En el Estado Moderno, uno solo es el que castiga, el que se venga y el que establece las retribuciones de las que serán objeto las víctimas.

El Estado aparece así como el garante de la paz y de la Justicia. Y esto es así porque, a diferencia de cada uno de nosotros, el Estado puede juzgar y establecer penas de una forma independiente e imparcial. Y ambas características son fundamentales si queremos que la Justicia no se pervierta y degenere en mera venganza.

Por tanto, mi muy estimado y querido amigo, pese a que puedo entender el fondo de pasión que subyace en las personas que defienden la necesidad de vengarse de aquél que les ha producido cualquier tipo de perjuicio, tendrás que convenir conmigo en que, desde el punto de vista racional, el mejor modo de encauzar la punición, la violencia y la venganza es un sistema judicial en el que se consideren derechos sagrados la defensa, la seguridad jurídica, el respeto a los derechos humanos, la igualdad material de todos ante las leyes y la sujeción de todos, particulares e instituciones, a las normas jurídicas.

Sin más me despido. Espero con verdadero entusiasmo tu respuesta. No olvides que lo expuesto aquí es mi mera opinión. No pretendo en ningún momento que sea también la tuya.

Un fuerte abrazo en la distancia.

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Documento sin título 1 COMENTARIOS
Documento sin título Documento sin título JustUNELTY 30/12/2017 01:57
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